el milagro de medinah

Quedará para siempre en la historia del golf como el ‘Milagro de Medinah’. Ocurrió en 2012 en suelo americano. Capitaneada por Txema Olazábal e inspirada por Seve Ballesteros, fallecido el año anterior, Europa remontó en la última jornada un 6-10 en contra a EE.UU, al sumar 8,5 puntos de los 12 individuales: victoria épica por 14,5-13,5. Revivimos las ultima jornada de la Ryder Cup más espectacular de los últimos años.



Desde el primer partido, que enfrentó a Luke Donald y Bubba Watson, hasta el último, el de Francesco Molinari contra Tiger Woods, fue una de las ediciones más espectaculares de la historia de esta competición. Fue la Ryder que homenajeó a Seve a través de su amigo Olazábal y la que demostró que en el golf es tan importante creer en la victoria como tener la capacidad de conseguirla.


Una marea azul inundó Medinah, el elegantísimo club de golf a las afueras de Chicago. Era el equipo europeo de golf, que saltó al campo pronto por la mañana, salvo su número uno, Rory McIlroy, que se equivocó y por poco llega tarde al tee del 1, dispuesto a retener aquella Ryder ganada en 2010 (en Gales), en la última jornada, en los 12 últimos duelos, a la que llegaban perdiendo 10-6. Necesitaban ganar ocho de los doce partidos individuales. Y ganaron ocho de los doce partidos, empatando otro.


El medio punto que tiró Tiger Woods en el último suspiro y que certificó la victoria final por 14,5 a 13,5. Un putt del alemán Martin Kaymer, uno de los jugadores menos usados por el equipo, frío como un témpano pero duro como una roca, en el último hoyo del penúltimo partido, dos metros y medio, no más, para derrotar por un hoyo a Steven Stricker, fue el golpe de gracia, el punto del empate que era una victoria épica.


Esa última jornada salieron todos los europeos de azul marino, como le gustaba a Seve, y con las palabras de arenga de su capitán Olazábal grabadas en su espíritu como un lema al que no podían traicionar. “Yo creo”, les dijo el golfista vasco. “Poco más os tengo que decir: salid ahí y dadle duro”. Hizo eso (“hice lo que me enseñó Seve, que nada termina hasta que no termina, que nada está perdido hasta el final”) y también diseñó una estrategia agresiva para los individuales. “Nunca en mi vida he experimentado una emoción igual”, dijo entre lágrimas el discípulo mirando al cielo dando las gracias al maestro.


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